Se sorprendió ante la idea de que las cosas iban cambiando. Estuvo este tiempo muy cerca de lo que no quería, y se sorprendió de haberlo sobrellevado tan rápido. Aún así las cosas no serían igual; su penumbra recaía en la luz de lo que todavía no entendía. Estuvo meditando muy lentamente las consecuencias y como conclusión, se reencontró con lo que tenía delante suyo. Pensó que lograría encontrar lo que buscaba en otros ámbitos, que creía desconocidos, donde su ambiente se vería modificado y no reemplazado.
Extrañaría, por supuesto, los largos ritos que lo transformaban; extrañaría la piel lograda por aquel contacto emocional y cerebral. Tomaría nuevas actitudes de vida, nuevas atracciones y distracciones. Flotaría en aquel barco de cristal junto al sueño ocular que creía desconocido y lejano. Lograría un eterno lapsus entre la algarabía y desenfreno cuando se despejaba su mente, aún suspendida en un aura que no era suya, y un tanto emocional.
Seguía sin desprenderse de lo viejo, aquella baba, que se extendía como el pensamiento global y rencoroso que las pequeñas agrupaciones burguesas sentían por el comunismo, que lo dañaba lentamente, hasta lo más profundo de su psiquis. Se escaparía de toda aquella sensación, y hallaría paz y sosiego en algo intimamente relacionado a la locura.
"Quiero vivir externamente a mi cabeza, entregado a mis sensaciones lujuriosas de un recuerdo que lo siento tan cerca e inalcanzable" - diría
Llamas se transfiguraban en el fondo del jardín oriental a la penumbra de un lago luminoso. Era un día luminoso y externo a las extrañas verdades parciales de la masa. Era el ciego quien me guiaba y el loco, quien se alejaba, por esa eterna sensación de que el único loco que había aquí, era quien estaba a la luz de la penumbra oriental, navegando en un barco de cristal de ensueños.

